Periferia de María Colombo

Se deja adivinar en un primer atisbo a la obra de María Colombo un efecto que, aún haciéndose presente desde el comienzo, no alcanzamos plenamente a interpretar. Como sucede con algunos síntomas que se van instalando silenciosa pero irremediablemente, sin que parezcan anclar en un lugar determinable de nuestro cuerpo. Estamos hablando específicamente de Periferia, una enorme pieza que montó María Colombo en Galería Acéfala desde mayo hasta julio de este año y que excede completamente en tamaño las obras que la artista había realizado con anterioridad. Antes de Periferia sus obras eran manipulables, podía soñar uno con tomarlas o abrazarlas entre las propias manos, podíamos asociarlas a objetos diversos: piedras o partes humanas, aunque no pudiéramos reducirlas a ninguna de estas clasificaciones tan simples. En Periferia hay algo que literalmente se va de las manos: no solamente las de la artista, que precisa la ayuda de otras manos para el montaje, sino también las del espectador, quien debe hacer sensible en esta ocasión todo su cuerpo y algo que está aún más allá de él. No es lo mismo construir un objeto que arruinar un espacio. ¿Cuál es la frontera entre la cosa y el espacio? ¿Cuál el momento en que uno, en lugar de oponerse al otro, se transforma en él? No es una disyuntiva que se resuelva en la materialidad más etérea o más concreta de la entidad a la que nos referimos, depende siempre una relación con el cuerpo propio. El objeto-cosa es manipulable, aunque no signifique que la materia sea completamente dominada por las manos que la forman y la componen. El espacio en cambio domina al cuerpo, nuevamente no de modo total, pero al modificar los límites de la sensibilidad visual-manual, obliga a trastocar las relaciones internas que se habían establecido en nuestra propia corporalidad.

Papel de revistas viejas, cola, tiza, pintura, componen un gran lienzo, una enorme frazada fría que ha caído al piso, un tabique derruido de tonalidades claras que dejan translucir los colores de las revistas y un fondo de palabras, que no pueden dar mensaje alguno, como arabescos caóticos aglutinados aquí y allá. Silenciar de ese modo a la escritura es uno de los puntos más altos de esta obra de María Colombo. No se lo logra simplemente callando, sino reduciéndola en su corporalidad a estado de murmullo, condenando a la palabra a estar presente en su materialidad sin poder comunicar. Refugiarse en la significación demasiado evidente de la palabra, es una tentación que muchos espectadores de arte contemporáneo no pueden evitar. Encontrar rápidamente un “mensaje” en la palabra escrita es algo que la obra de María Colombo desalienta rápidamente. Tenemos que agradecer cuando nos encontramos con obras de arte que no pretenden ser pedagógicas, que no pretenden comunicar. Solamente el arte que no intenta ser pedagógico, puede ser para nosotros una escuela de sensibilidad, puede obligarnos a reorganizar nuestras sensibilidades atrofiadas.

Componer una obra como Periferia requiere un trabajo muy serio entre mandar y obedecer lo que la materialidad múltiple de la obra demanda para ir conformándose en un espacio específico como la galería Acéfala. Hay una imaginación propia del material, que es preciso desplegar. Obedecer es, en este sentido, hacerse capaz de desplegar eso que la materia imagina, obedecer es interpretar lo que ya está queriendo tomar forma y velocidad. La obra conserva un dejo de lienzo, de superficie de inscripción, pero el lienzo de la pintura tradicional está tensado para que las tensiones visibles sean las de la pintura y no las del propio lienzo. Aquí en cambio, el lienzo cae, apoya, gana espesor entre sus capas de papel. Además, tiene un espacio detrás, deja de ser una superficie, pone en movimiento al espectador y obliga a realizar un recorrido. Llegando al sector trasero, se trata casi de una piel, de un refugio, de un material que puede recordar lo orgánico o la piedra, con pliegues que multiplican las sombras. Ese sistema de composición por capas logra que las tensiones se manifiestan como pequeñas rajaduras, desplazamientos, fallas micro-geológicas que forman espacios voluminosos en un adentro que un lienzo nunca puede albergar. Los diferentes materiales utilizados nunca terminan de conformar una unidad: se separan, se rechazan y agrietan a la vez que mantienen una continuidad de la obra palpablemente sólida.

Baruch Spinoza afirmó en un lema de su Ética que “los cuerpos se distinguen entre sí en razón del movimiento y el reposo, de la rapidez y la lentitud, y no en razón de la substancia”. Si hay algún modo de nombrar lo que logra Periferia en el cuerpo sensible del espectador, tiene que ver con la temporalidad. Esto es algo que no puede experimentarse simplemente asistiendo al evento de inauguración, demanda una sucesión de visitas en las que no solamente atestiguamos el envejecimiento de esa piel, el resquebrajamiento de distintos sectores de la obra. Porque no se trata de volver para percibir el paso del tiempo en el material, sino de demorarse para adquirir la velocidad de ese espacio de la galería transformado por la obra. Es que hay distintas intensidades en los movimientos de los cuerpos, y se transmiten de unos a otros. Así que uno se descubre invadido por una desaceleración que no lleva a un reposo absoluto, sino a una receptividad táctil del movimiento aquietado de nuestro propio cuerpo. Hacernos sensibles a una lentitud de nuestro cuerpo es transformar lo que somos.

Por último, Periferia no es una obra que dialogue con el espacio de la galería, más bien lo invade, lo arruina, lo hace devenir otro en un sentido fuerte que la metáfora del “diálogo” nunca puede contener. El diálogo supone un lenguaje en común y un intercambio que no transforma radicalmente a quienes participan de él. La obra de María Colombo nos fuerza a pensar un encuentro que no puede reducirse al diálogo, asistimos en todo caso a una violencia que en su lentitud muestra la insuficiencia de la racionalidad previa del espacio en el que se pretendía alojarla. Por eso podemos afirmar que el espacio queda arruinado, queda deshecho por la obra, marcado por una velocidad que hasta ese momento nunca había sabido habitar.

Por Diego Singer

Julio 2017

¿La fuerza del trabajo?
María usa papel. El blanco y frágil papel. A fuerza de superposición transforma el material de descarte (revista de domingo, guía telefónica, impresiones de oficina). Podríamos esperar un camino alrededor de lo precario o lo inmaculado y sin embargo todo lo que aparece en la muestra es un volumen
sólido en el espacio de una galería.
María dice que espera del espectador cierto estado de contemplación ante la obra. Esa frase, un poco naif, contiene la seguridad que surge de la luminosa ingenuidad al trabajar. Frente a la elegancia instalativa de corte feria internacional o la grandilocuencia del formato, frente al neo conceptualismo
inteligente, María responde con contemplación. Entrar a una galería y medirse con la acumulación de papeles pegados, con una víbora, pared o sábana de papel, está muy lejos de cualquier valor minimalista o estética trash.
Para entender un poco más es necesario detallar el proceso de trabajo, las guías de acción de Maria: explorar las posibilidades espaciales de la obra, alterar el tamaño, limitar la cantidad de piezas, repensar el tratamiento de las superficies, interrogar el gesto suyo sobre la materia que toma cuerpo.
Al final todo se reduce a usar una sala, tomar una pieza y abrir el espacio escultórico a todo el lugar.
Periplos de la artista. Pero detrás, o antes, o después (es indistintos para nosotros los espectadores) está el encuentro con la energía de una forma que aparece.
¿No esperamos todos encontrarnos con la irrupción de algo nuevo, con un otro que nos permite acceder a lo distinto?
María acciona por medio de un gesto simple que es la adición. Pegamento, pintura, tiza, mano, ojo, van moldeando un volumen. Usa el papel como quien pinta, hace una pieza como quien produce un cuadro. En el corazón de la gesta están sus tareas: la construcción, la transformación, de un objeto.
Y sin embargo ronda la pregunta sobre el momento en que las acciones de la artista pueden volverse en contra. Límite difuso en que se agazapa la teatralidad o las palabras para malograr el objeto. Pero esa posibilidad pierde valor frente a la presencia del trabajo y el dialogo con el material que hay en
su obra. Me pregunto si todos los esfuerzos de María no están puestos para dejarnos ver un poco de esa relación.
En el horizonte no se ve nada, a nuestros pies hay una acumulación de papeles. Detrás hay una chica, atareada en la producción de lo nuevo.

Federico Juan Rubí.
Junio 2017
Sobre María Colombo en Galería Acéfala.
Periferia
Del 18 de Mayo al 6 de Julio.
Niceto Vega 4754

 

El centinela dice

Veo a María pensar los objetos como personajes, guardianes animados por un espíritu que los define y determina su posición en un conjunto. La veo construir en estas formas nuevas, en estos volúmenes, seres de papel que portan el peso de la acción y resisten, en inestable equilibrio. La veo a ella moldeando un material reutilizado; veo la fuerza de su cuerpo amasando, rasgando, rompiendo cada estructura que apenas comienza a ser una figura, se escapa del modelo y de la historia. La veo luchando desde un borde incierto tanto con la abstracción profunda como con la figuración de una narración literal, empleando en cada pieza la falla y la deformación como fortaleza, guiada por el trabajo artesanal y ciego de encontrar en la materia la forma de un nuevo cuerpo en el espacio.

Leila Tschopp.

Sobre “Centinelas” de María Colombo en Espacio Paraguay

Septiembre 2016

 

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